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"Sólo la violencia es muda"

Recuerdos de Elsa Alvarado
Santiago Coronado
El Tiempo 25-05-97

Como si fuera una premonición, Elsa Alvarado tituló su último artículo "La Paz en la espiral del silencio". Analizaba en él los caminos por los que se construye la opinión pública, a la que comparaba con la conciencia moral de una sociedad; mostraba las complejas representaciones de la paz en los medios y en general en los imaginarios sociales y se quejaba de cómo las iniciativas de paz que buscan una salida negociada a conflicto "no son las más numerosas ni las que más acogida tienen en los medios".

Desde sus épocas de estudiante de comunicación social en el Externado, Elsa Alvarado estuvo del lado de una comunicación pluralista, abierta a la libre argumentación de todos los actores sociales, definitiva en la ampliación de los ámbitos públicos. Esa comunicación que del lado de la deliberación y el diálogo civilizado se ubica precisamente en el campo opuesto de la violencia. Con razón Hannah Arendt escribió que sólo la violencia es muda.

Ahí está su trabajo fervoroso por respaldar las iniciativas del grupo de "Comunicación y Desarrollo" que hace unos años reunió a voces regionales, periodistas barriales, grupos alternativos, educadores y promotores comunitarios para pensar la democratización de la comunicación, la participación de las comunidades en la expansión de lo público, el fortalecimiento de aquellas experiencias -muchas veces anónimas y casi siempre humildes- que intentan hacer oír puntos de vista diferentes en un país marcado por la intolerancia y sinrazones de la guerra.

Ahí también sus ánimos incansables por ofrecer otras interpretaciones de las telecomunicaciones, en los días en que el país busca reformarlas, y sus esfuerzos por acercarlas a todos aquellos comunicadores que deseaban ayudar a hacer de la paz un objetivo posible, un sueño realizable.

También su empeño durante años para contribuir a que Cien Días, la publicación trimensual de Cinep, recogiese esos análisis que profundizan en el país matices que con frecuencia son olvidados, que narran los procesos a través de los cuales muchos grupos colombianos afirman su dignidad cercada por los desastres y las injusticias.

En los últimos meses Elsa Alvarado acompañó al Ministerio de Comunicaciones en una tarea inaplazable de reflexión sobre las relaciones de las audiencias con los medios, mientras diseñaba y dirigía talleres para percibir en los niños de diferentes regiones del país sus maneras de acercarse a la televisión, de llenar de sentidos y de imaginación creativa desde las informaciones de los noticieros hasta las ficciones de los dibujos animados. Participaba, así mismo, en la elaboración interinstitucional de una estrategia consistente de comunicación para la niñez.

Cuando en la madrugada de un día fatídico un grupo de criminales asesinaron a Elsa, su padre y su esposo, ratificaron cómo las tácticas del terror buscan reducir al silencio todos los intentos de deliberación pluralista, de conversación pública, de libertad de expresión.

Pero el recorrido por el itinerario vital de Elsa Alvarado, por el mundo de sus ilusiones y sus esperanzas, por sus maneras abiertas de concebir la comunicación, demuestran que aunque algunos lo deseen con sus obsesiones de muerte, la paz no podrá sucumbir en la espiral del silencio.

 

La paz en la espiral del silencio
Elsa Alvarado

En una de esas reuniones delirantes que sostenían Castellanos y Elsita, a alguno se le ocurrió la idea: involucrar a los jóvenes comunicadores en eso de las agendas, la opinión pública y la paz. Elsa regresó a su Alma Mater, propuso, convenció, y en menos tiempo del que utiliza un gallo para cantar estaban los dos de docentes, a cargo de un grupo de noveles investigadores.

De ese ejercicio nació una parte de este artículo que, además, inauguró su nuevo camino. Al semestre siguiente, tuvo la fuerza suficiente para despedirse del Cinep y proponerse explorar por un rato la vida de profesora universitaria y consultora independiente, como reza el asterisco.

La otra parte surgió de su persistencia en los temas. En el equipo de comunicación discutíamos cuál podría ser el eje que articulara nuestras discusiones teóricas, y Elsa insistió y no desistió con lo de la opinión pública y la creación de agendas.

Durante seis meses, una vez cada quince días nos encontramos para debatir ideas. A los varones, nos encarretó mucho un autor alemán de nombre Bockelmann. Pero su racionalidad afectaba la sensibilidad de Elsita, que sin contagiarse del todo por nuestro entusiasmo mostró siempre una mayor preferencia por un acercamiento más psicológico, de piel y sentimiento. De allí su amor por Noelle Neumann, de quien tomó en parte el nombre de su libro para bautizar este artículo...

 

Dicen los entendidos que un tema de interés general para una colectividad se desgasta cuando pierde su capacidad de ser instrumento de entendimiento y de discusión1. Tal vez por eso la paz ha perdido credibilidad ante la opinión pública colombiana. Tal vez por eso ha perdido su poder de convocar al país.

La paz se nos ha convertido en un tema "crónico" de la agenda del país. Este propósito nacional se encierra hoy en una palabra de tres letras envejecida y desgastada. Y para entender el desgaste basta recordar que durante los últimos cuarenta años la temática ha ocupado los titulares de los principales medios del país. Los diálogos y las negociaciones entre el gobierno y la insurgencia se remontan a la década de los cincuenta, cuando surgieron las primeras guerrillas liberales en Colombia. Desde entonces estamos hablando de guerra y paz. La gente, es decir, la opinión pública, cuestiona la mala fe de las partes en los sucesivos diálogos. Finalmente parece que ninguno estuviera interesado en acabar con el negocio de la guerra.

Y es que como bien lo anotaba recientemente Germán Rey2, las guerras tienen como uno de sus escenarios a la información. Una guerra de información en la que los principales actores de la contienda se valen de todos los argumentos -de razón y de fuerza- para ganarse un espacio en los medios. Y a través de ellos, a la opinión pública.

¿Existe la opinión pública?

Una rápida revisión de la literatura reciente sobre el tema revela que el concepto de opinión pública es polisémico. Algún investigador norteamericano se puso en la tarea de recoger más de cincuenta definiciones distintas del término: la opinión común o mayoritaria, el consenso social básico o el conjunto múltiple de las discusiones colectivas en estado de libertad. Lo cierto es que la opinión pública se ha transformado al tiempo con las sociedades que ha tenido a bien representar, y con las perspectivas de investigadores que han estudiado el fenómeno desde la filosofía, la política, la comunicación o la psicología social.

La comunicación masiva, en proceso de expansión constante durante este siglo, ha generado la transformación sustancial y la ampliación ilimitada de la opinión pública. Es justamente esta ampliación ilimitada la que hace de ésta un fenómeno tan etéreo y difícil de concretar. A nombre de la opinión pública hablan los políticos, los medios y el gobierno, entre otros sectores.

Tanto así que teóricos como Habermas cuestionan la existencia misma de la opinión pública. Autores como Bockelmann consideran que en las sociedades capitalistas sólo se puede hablar de "opinión pública fabricada", así el término lleve implícita su condición de inexistencia. La opinión pública fabricada funcionaría como medio representativo y propagandístico de grupos sociales privilegiados. En ese sentido el citado autor llama la atención sobre el hecho de que los medios son hoy quienes dirigen y controlan las divergencias entre los distintos actores sociales o bien, son los que intervienen en los procesos de construcción de una voluntad común. Pero, el autor insiste en que no debemos olvidar que "... no son instituciones nacidas de la convivencia y de la comprensión interpersonal. La prensa y los partidos políticos son instituciones formadas por grupos políticamente intencionados, y no al revés" 3.

Aunque no son los únicos mecanismos de expresión de la opinión pública, para la sociedad de fines del siglo XX los medios constituyen su forma privilegiada de expresión. A través de ellos los individuos obtienen información sobre su entorno social y evalúan el clima de opinión sobre los temas de interés público. Los medios tejen las relaciones entre los grupos: familias, vecinos, regiones y grupos políticos. Por eso influyen en la concepción que tienen las personas de su entorno social y cumplen una función como potenciadores y canalizadores de la opinión pública.

Ahora bien, más allá de esta condición de intencionalidad hegemónica, la formación de la opinión pública es el resultado de la interacción entre los individuos y su entorno social. Es una opinión pública porque se refiere a temas de interés general y pasa a formar parte del espacio público donde todo el que quiere la puede observar, discutir o citar. En síntesis, la opinión pública podría entenderse como algo parecido a la conciencia moral de una sociedad.

Los medios en la formación de la opinión pública

Los desarrollos tecnológicos y el carácter global y masivo alcanzado por los medios de comunicación en el siglo XX le confieren una presencia creciente en el mundo actual. Tanto así, que hoy se les atribuye la capacidad de establecer la realidad política y social, encauzar las tendencias electorales y modelar la imagen que tienen los ciudadanos sobre las instituciones públicas o los problemas nacionales.

El poder y la influencia de los medios en los asuntos políticos es creciente. De hecho, en las sociedades actuales han desplazado a los partidos políticos en su función de orientadores de la opinión.

En nuestro país, concretamente, es evidente la transformación acelerada de la infraestructura de las comunicaciones y la presencia creciente de los medios en la vida cotidiana. Gobierno, políticos, militares, religiosos, guerrilleros, narcotraficantes, y últimamente hasta los paramilitares -entre otros actores del enmarañado conflicto colombiano-, no desconocen este poder. Por el contrario, han aprendido a aprovechar sus ventajas. Por eso se preocupan por aparecer, por figurar, por participar como voceros y líderes de los grupos que representan o dicen representar. Unas veces con discursos, otras con hechos, lo importante es que unos y otros aparezcan en los medios. Que sean noticia. Porque ya todos saben que lo que allí no aparece, para los colombianos simplemente no existe.

Y es que los medios son muy importantes para los colombianos. Suministran diversión, información, orientación y compañía a muy bajo costo. Además su cubrimiento es casi total. Según Lemoine 4, un adulto en Colombia emplea un promedio diario de ocho horas en contacto con los medios. Ellos están presentes en la gran mayoría de los hogares: la radio llega al 90% de los colombianos, mientras que la televisión llega al 95% de los habitantes de las ciudades grandes e intermedias, que concentran al 70% de la población total del país. La penetración de la prensa y otros medios impresos es más restringida por razones económicas y culturales.

Una peculiaridad del gusto de los colombianos en materia de medios tiene que ver con la noti-adicción. Somos adictos a los noticieros de radio y televisión. El género noticioso ocupa un lugar de preferencia en ambos medios. La gente escucha las noticias en radio y televisión no una sino varias veces al día. Y es que no hay que olvidar que dentro de la crisis en la que se debate el país, periodistas y medios tienen mayor credibilidad que muchos otros actores y personajes de la vida nacional.

Las más recientes reflexiones sobre el comportamiento de la opinión pública en la sociedad de masas tienden a potencializar los efectos de los medios masivos, especialmente de la televisión. Esta vuelta a la mirada apocalíptica sobre los medios tiene dos razones principales: la acelerada introducción de las tecnologías en todos los rincones del planeta y su creciente protagonismo en la representación de la realidad.

Los medios forjan una manera de ver el mundo. Recogen y recrean una visión de éste. Los medios, y en especial la televisión, pueden influir en el clima de opinión al hacer creer a la población que la imagen que difunden es un fiel reflejo de la realidad, y al canalizar la atención del público hacia ciertos aspectos de un tema.

El efecto agenda

Vista desde el ángulo de la emisión, la formación de la opinión pública parte de un mecanismo de selección de la realidad social. Los temas cobran importancia a partir de la acogida que les dan los medios. Periodistas, columnistas y editorialistas seleccionan la noticia del día o de la semana otorgándole un peso determinado. Obviamente eso implica que los temas destacados desplazan a muchos otros que quedan por fuera. De esta forma los medios participan en un proceso de estructuración y dirección de la atención pública hacia ciertos temas, argumentos y problemas del acontecer social.

La selección de la información se rige por unas reglas de atención concordantes con la complejidad de la comunicación masiva. Ante la multiplicidad de posibilidades informativas, los medios seleccionan las informaciones socialmente relevantes, en aras de reducir la oferta. Así pues, las reglas de selección o atención serían como una especie de mecanismos que facilitan la integración de los individuos a sus grupos de pertenencia, canalizan los procesos de socialización a nivel masivo y establecen los consensos básicos necesarios para el mantenimiento de un mínimo equilibrio al interior de la colectividad.

Al imponer los temas los medios no solo están dirigiendo la atención, sino que determinan también la calidad y la intensidad de la atención que se les dispensa, en tanto que están en capacidad de aumentar o disminuir el abanico de posibilidades de cubrimiento. Este proceso mediante el cual se posiciona un determinado repertorio de temas en los espacios de discusión pública es conocido como Efecto Agenda.

La paz como tema de agenda

El análisis de la información de prensa5 sobre el proceso de paz muestra que si bien éste -por ser de interés nacional- es un tema vinculante, con una gran capacidad de generalización y que figura como preocupación permanente, su presencia en los medios es cíclica y aparece o desaparece de los escenarios públicos de discusión según la dinámica de los hechos y su eco en las corrientes de opinión.

Por su naturaleza es un tema de carácter crónico, que en los últimos años ha enfrentado a otros mucho más novedosos y actuales como el llamado "Proceso 8.000" sobre la infiltración de dineros del narcotráfico en la última campaña presidencial. Los temas novedosos, como este último, tienen mayores posibilidades de ocupar un lugar privilegiado en la agenda, mientras que los crónicos tienden a desgastarse.

La paz carga con un pesado clima de opinión. El clima de opinión, dice Noelle Newmann6, se refiere al estado o situación preexistente de disposiciones, actitudes y percepciones frente a determinados temas o hechos. Las normas y valores del ambiente frente a un determinado tema son las que crean un clima de opinión. Este es complejo y externo al individuo, pero puede terminar por envolverlo completa y fatalmente, y así puede llegar a influirlo al máximo.

Por tratarse de un tema crónico con sesenta años de presencia en la vida nacional, la impresión generalizada es que la situación frente a la consecución de la paz no ha variado sustancialmente. Y si ha variado, es para empeorar. Por eso ha perdido credibilidad, y a ello contribuyen varios factores.

1. La opinión pública está llena de prejuicios frente al tema de la paz. En ello influye el clima de opinión que se ha venido formando alrededor del fenómeno guerrillero en Colombia. La amenaza del comunismo ha sido el telón de fondo de la ofensiva contrainsurgente en América Latina. La doctrina militar vigente en Colombia ha tendido a confundir los movimientos de resistencia popular (campesinos, indígenas, obreros y, más recientemente, los cultivadores de coca) con sus enemigos, los grupos insurgentes. Así, en la guerra de baja intensidad que ha vivido el país en los últimos treinta años, movimiento popular es sinónimo de comunismo, comunismo es sinónimo de guerrilla y guerrilla es igual a enemigo del statu quo. Por eso, las noticias sobre la guerrilla en Colombia -cuya fuente principal y casi única son los informes oficiales del ejército-, son presentadas en un lenguaje tendencioso plagado de fórmulas y calificativos: los guerrilleros o relacionados son subversivos, delincuentes, bandoleros o facinerosos. El ejército siempre "incauta numeroso material de intendencia" (?) y "da de baja a los delincuentes".

A esta condición criminal y casi satánica del ser guerrillero se suma más recientemente la doble carga del término "narcoguerrilla". Curiosamente, el término conjuga a los dos grandes enemigos de los organismos de inteligencia de los Estados Unidos: el comunismo y el narcotráfico.

En la percepción actual del fenómeno guerrillero también hay mediadores históricos y generacionales. Fabio López de la Roche 7 sostiene que las generaciones de colombianos de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta tienen percepciones diferentes de la guerrilla. Los primeros los identifican con ideales de justicia social y transformación; los segundos, en cambio, los identifican con el secuestro, el terrorismo y la destrucción. En ello incide evidentemente la evolución y transformaciones de la guerrilla colombiana: de ser una manifestación de inconformidad política que unió a una generación de jóvenes colombianos luchando por un ideal de justicia, a una proliferación de grupos armados con un horizonte político desconocido, en el que la propuesta política se confunde con la alternativa económica y de sobrevivencia de una juventud que ve como único horizonte las armas de alguno de los bandos del conflicto.

2. La paz, y concretamente la posibilidad de diálogos y negociaciones exitosas, está marcada por circunstancias negativas de procesos similares a nivel nacional e internacional. En el nivel nacional los procesos de reinserción de las guerrillas del M-19, el Ejército Popular de Liberación, EPL y la Corriente de Renovación Socialista, dejaron un sabor de fracaso. Para los excombatientes, y especialmente para los guerrilleros en ejercicio, la entrega de armas, la desmovilización y, en general, la inserción en la vida civil colombiana no condujeron a la consolidación de alternativas políticas ni a la formulación de propuestas económicas viables de reinserción 8. De otra parte, para el grueso de la opinión pública colombiana prevalece la idea de que estos grupos guerrilleros se fraccionaron pero no desaparecieron, y que, por el contrario, continúan creciendo. Hay que decir que ambas ideas están cercanas a la realidad.

En el plano internacional, la bancarrota en Nicaragua y la crisis política del sandinismo, así como las dificultades que enfrenta el proceso salvadoreño, han reforzado el escepticismo frente a una política de paz. Por el contrario el éxito de medidas de fuerza, como la adelantada por Fujimori en el Perú, tienden a reforzar la opción por una salida de fuerza.

3. De acuerdo con las reglas de atención propias del efecto agenda, los medios hacen énfasis en ciertos aspectos del tema en detrimento de otros. Los temas genéricos como "la Paz" se desglosan en diferentes apartados: diálogos de paz, Derechos Humanos, Derecho Internacional Humanitario y Protocolo II, secuestros y boleteo, son algunos de los más reiterados.

La imagen global que se haga la opinión pública sobre el tema depende mucho más de los aspectos o ángulos destacados por los medios que del tema genérico.

Los aspectos que enfatizan los medios son negativos y pesimistas en torno al tema. La información de paz está definida justamente por sus contrarios: la guerra, el conflicto y la violencia. De paz sólo se habla para referirse a la guerra. El manejo informativo no contribuye positivamente a la formación de un clima favorable a los diálogos.

En medio de la maraña de informaciones de guerra, los pacifistas y defensores de la salida negociada al conflicto intentan movilizar a la opinión pública con propuestas y actos de paz, siendo la Iglesia y los académicos quienes principalmente lideran esta corriente de opinión. Infortunadamente sus iniciativas de paz no son las más numerosas, ni las que más acogida tienen en los medios. El análisis de prensa muestra que las acciones de paz tienen una baja proporción de cubrimiento en relación a los actos de guerra. Algunos medios han iniciado campañas informativas tendientes a revertir esta tendencia. Cabe destacar aquí posiciones como la del periódico El Colombiano de Medellín, que ha asumido desde tiempo atrás una línea editorial y periodística seria frente al tema de la paz.

La información en la estrategia de guerra

En conclusión, pareciera que los principales actores del conflicto armado en Colombia disputaran buena parte de la guerra en los medios. Se ingenian de una u otra forma para incluir sus actos o sus ideas en la agenda nacional como una medida de fuerza que denota su poder y su posición dentro del conflicto. La información es definitivamente parte de su estrategia.

El Ejército y el Ejecutivo parecen saber que es necesario tener en cuenta la opinión pública si se quiere gobernar; y especialmente si se quieren legitimar ante la sociedad colombiana las opciones de fuerza y el incremento del presupuesto militar. De los distintos actores del conflicto, que finalmente somos todos los colombianos, son los únicos que tienen estrategias informativas consolidadas y legitimadas que garantizan el posicionamiento de su información en la agenda de los medios.

Y es que en la guerra, como en cualquier otro aspecto de la vida de una sociedad, las decisiones políticas precisan de justificación. Es necesario hacer "consciente" al público del apremio de una decisión. "Este marketing ha probado su eficacia en hacer conscientes, mediante una tematización repetida constantemente, a sectores representativos del público del apremio de una decisión; en fusionar las diferentes decisiones con la aparición de políticos prominentes, que son ya de por sí la encarnación de temas públicos; en reducir las opiniones a un número limitado de temas; en transformar las opiniones en puntos de referencia o ‘standards’ (afirmativos o críticos) y en ponerlos en circulación. Este esfuerzo por lograr la ratificación pública de las decisiones mantiene por lo menos la discusión bajo control " 9.

La mayoría de los pronunciamientos sobre el tema en los medios provienen de los miembros del Gobierno en cabeza del presidente, sus ministros y delegados, entre los que se destaca en el período analizado la figura del Comisionado de Paz. Esto no es de extrañar ya que la política de paz ha sido uno de los temas de agenda de las últimas administraciones, y en especial del primer año del gobierno de Ernesto Samper. Por otra parte, todo lo referente al ejercicio del poder, en tanto representación de una colectividad (Gobierno, Administración de justicia o Congreso), constituye uno de los criterios básicos de selección de información 10.

La información sobre la mayoría, o casi la totalidad, de las acciones de guerra provienen de informes y comunicados de prensa de los organismos de información del ejército. En su mayoría se trata de acciones guerrilleras como secuestros, ataques a la infraestructura energética, asesinatos, boleteos y desplazamientos. En segundo lugar se ubican acciones colaterales por parte de las Fuerzas Armadas y de Policía tales como capturas, detenciones, decomiso de armas y elementos de intendencia o acciones bélicas de enfrentamiento como asaltos, combates y emboscadas.

El distanciamiento social

La guerrilla, ante la imposibilidad de posicionar sus discursos y propuestas (si los tienen) en los grandes medios, opta por impactar a la opinión pública a través de actos de fuerza y destrucción. Ha encontrado, según lo han dicho sus miembros en diversas oportunidades, que las demostraciones de fuerza son las únicas acciones que rebasan el cerco informativo que la sociedad le ha impuesto. Si bien es evidente que busca el impacto, no parece que la conquista de la opinión pública sea su objeto de interés. Por el contrario, pareciera que va en contravía.

A diferencia de todos los demás actores del conflicto armado, no hace esfuerzo alguno por ganar el respaldo del grueso de los ciudadanos. Sus estrategias informativas se centran en las zonas de influencia, principalmente a través de boletines artesanales y comunicación cara a cara. Una emisora radial de alcance restringido entró a operar hace algunos años. Recientemente hemos tenido noticia de sus incursiones en Internet y de la publicación de una revista. Sin embargo, sus comunicaciones no logran tocar el grueso de los colombianos. En el plano nacional, sus estrategias no pasan de "convencer a los convencidos".

Y esta actitud de la guerrilla es negativa para la paz, no sólo por la gran carga de destrucción que lleva sino porque ha dejado de lado la opción de opinar políticamente, y con ello, contribuye a la polarización de la opinión pública.

La imagen (percepción-representación) que sobre el fenómeno guerrillero prevalece en el imaginario de los colombianos es marcadamente negativa. Su figuración en los medios corresponde en un 95% a acciones bélicas (emboscadas, ataques, masacres) o acciones colaterales de carácter criminal (secuestro, extorsión, boleteo, voladura de oleoductos).

Más que las condiciones históricas que motivaron su surgimiento alrededor de la década de los cincuenta, o las reivindicaciones sociales o económicas que han sustentado la alternativa política planteada por los insurgentes, la información que maneja la opinión pública colombiana es esa.

Y la culpa, por supuesto, no es solamente de los medios sino del accionar de la guerrilla y de su estrategia de información, o más bien de su falta de estrategia de información, frente a la opinión pública. En el fondo está la restricción que la Ley y el Estado colombiano han impuesto a los medios en la transmisión de información sobre los agentes que alteran el orden público, concretamente el terrorismo y la guerrilla.

Por otra parte, el hecho de que por las condiciones mismas de la guerra de guerrillas el grueso de los combatientes mantenga bajos niveles de relación con los medios de información masiva, amplía la brecha del distanciamiento social. Me refiero a la Hipótesis del Distanciamiento Social, según la cual a mayor complejidad de los sistemas informativos, los medios y sus mensajes distancian cada vez más a los grupos sociales.

Es decir, las nuevas tecnologías de información y la ampliación de la oferta comunicativa contribuyen al distanciamiento de la guerrilla y de su base social, en tanto que los segmentos de población más instruidos y solventes económicamente tienden a conseguir información más amplia y profunda. La guerrilla se mantendrá por fuera de los circuitos de información, agrandando así su distancia con el resto de los colombianos en el conocimiento y la percepción del país.

Fórmulas para la paz o el efecto del carro ganador

Existen grandes dificultades para lograr efectos de inversión o conversión de la opinión pública. Por fortuna, aún no existen fórmulas. El clima de opinión depende de quién hable y quién permanezca en silencio. Y aunque el panorama puede parecer desalentador, lo cierto es que es difícil transformar las escalas de valores y las convicciones más profundamente arraigadas.

Sin embargo, hay que reconocer que el trabajo con la opinión pública es importante. De lo que la gente piense depende la posibilidad de construir consensos y de inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Y aunque la valoración de un tema tan importante como la paz no depende exclusivamente de la valoración que sobre ella hagan los medios -ya que éstos sólo se limitan a recoger lo que sobre ella se dice-, desde los medios se aporta a la construcción de la opinión pública.

La gente intenta evitar el aislamiento y el desprecio, y es allí donde actúa el mecanismo sociopsicológico que lo lleva a sumarse a la opinión de la mayoría, es decir, a la corriente dominante del momento. Esto es lo que Newmann denomina el "efecto del carro ganador". Alude a la voluntad general de formar parte del bando vencedor, y que lleva por supuesto a que la opinión de la gente tienda a dirigirse en el sentido que presiona el clima de opinión. Si lográramos transformar el clima de opinión probablemente lograríamos que la opinión pública colombiana, incluidos los contendientes principales: guerrilla, ejército y paramilitares, se subieran al carro ganador.

Podría decirse que una de las condiciones para la transformación del clima de opinión frente a la paz y la solución negociada de los conflictos políticos del país debe pasar necesariamente por la abolición de las conductas criminales por parte de los combatientes: ejército, guerrilla, paramilitares, etc. Hoy día los colombianos consideran imperativo las conductas atroces, señaladas con claridad por el Derecho Internacional Humanitario.

En cuanto a la guerrilla, por ejemplo, el respeto a las normas del Derecho Internacional Humanitario haría mucho más aceptable para la sociedad los objetivos de su lucha, le quitaría el carácter criminal a su accionar y probablemente haría de ella una lucha más digna a los ojos de sus compatriotas. Lo mismo ocurriría con el Ejército y la policía frente a las reiteradas violaciones a los derechos humanos.

En el primer caso, la sociedad vería a la guerrilla más desde una perspectiva política y no criminal. Demostraría también que tiene capacidad para la paz y el respeto a la vida, y, lo que es más importante, para gobernar y construir una sociedad nueva. En el segundo caso, el ejército sería visto como el garante del orden y del ejercicio legítimo de la fuerza 11.

En los espacios públicos de discusión se establecen las reglas de la convivencia general. A los medios de comunicación, como espacios públicos de discusión, les cabe una gran responsabilidad en la construcción de la paz. En la medida en que su carácter masivo logra unificar una percepción de la realidad, inciden en el comportamiento de individuos y grupos, y en general en la imagen que uno tiene del otro.

BIBLIOGRAFíA

Bockelmann, Frank. Formación y funciones sociales de la opinión pública. Barcelona: Gustavo Gili. 1983, p.50.

González Posso, Camilo. El derecho a la neutralidad y a la No Violencia. En Humanizar la guerra: una opción urgente. Seminario sobre derecho Internacional Humanitario. Santa Fe de Bogotá: Cinep, 1995.

Lemoine, Carlos. La fuerza de la opinión. Bogotá: Centro Nacional de Consultoría, 1993, p.159.

López de la Roche, Fabio. Izquierda y Cultura política. Santa Fe de Bogotá: Cinep, 1995.

Montealegre, Hernán. Dos derechos complementarios. En Humanizar la guerra: una opción urgente. Seminario sobre Derecho Internacional Humanitario. Santa Fe de Bogotá: Cinep, 1995.

Noelle Newmann, Elizabeth. La espiral del silencio. Opinión Pública: nuestra piel social. Barcelona: Paidós, 1995.

Rey, Germán. Las espaldas del vecino. En Revista Reojo No.1. Bogotá: Ministerio de Comunicaciones, diciembre de 1995.

 

Comunicación política y proceso de paz en Colombia
Elsa Alvarado

No creo que hayan muchas dudas: del campo de la comunicación Rosa María Alfaro fue la que más impactó la labor de Elsa. Gracias a su paciente tenacidad, fue posible que Alfaro "se comunicara" activamente con el equipo del Cinep. Después, cuando Rosa María entró a coordinar el capítulo de comunicación dentro de la Ceaal, ellas se llenaron de planes y proyectos que iban y venían sin cesar: de América Latina a los medios, de la ciudadanía a las agendas públicas.

Este escrito refleja uno más de esos sueños que la muerte no ha podido enterrar. Con Germán Rey, Rosa María y un grupo latinoamericano de cómplices solidarios, se dieron a la tarea de elaborar un libro que reflejara las tendencias modernas de la comunicación.

Embarazada, de camino al Canadá para una beca sobre DDHH, Elsa escribió estas líneas para el grupo. Como casi todo, era un borrador, una idea inicial a desarrollar. Por eso, por ejemplo, quedan faltando las citas, que siempre se dejan para lo último.

Sin embargo, a mi juicio es uno de los textos que muestra con mayor precisión el pensamiento crítico de Elsa en el campo de la comunicación social. Cuidadoso en su acercamiento a las partes y sus posiciones, equilibrado, alternativo, propositivo...

Los colombianos somos adictos a la información noticiosa. Radio, prensa y T.V. acompañan durante todo el día a la gran mayoría de los hogares del país. Los estudios de audiencias muestran, por ejemplo, que los programas de más alto rating en la T.V. nacional son los noticieros, seguidos muy de cerca por las telenovelas. Ellos, los noticieros, ocupan los mejores espacios de la pantalla chica, atraen una buena parte de la inversión publicitaria y logran concentrar la atención de los televidentes colombianos en historias que durante el curso del día repiten al unísono y con despliegue de ingenio tropas de periodistas nacionales.

La radio, por su parte, cautivó al publico colombiano desde finales de los años 50, cuando el transistor se introdujo masivamente en los sectores rurales de nuestro país, inspirada en las nuevas tecnologías educativas y la onda de la Difusión de Innovaciones. Desde entonces, liderada por las dos grandes cadenas nacionales -Caracol y RCN-, ha desarrollado un popular estilo noticioso que es seguido diariamente por millones de radioescuchas a todo lo largo y ancho de la nación.

La prensa, el más tradicional y elitista de los medios masivos colombianos, posee un público restringido pero, a la vez, más determinante. A ella acceden lectores "juiciosos", que son por demás los que tienen poder de decisión sobre la vida política y económica del país.

El hecho de que, sin olvidar los géneros melodramáticos a los que son tan afectos los públicos latinoamericanos, los colombianos seamos tan grandes consumidores de la información suministrada por los medios masivos de comunicación, tiene sus consecuencias. Sin distingos de raza, religión, clase social o partido político, todos apuestan a hacer y ser noticia a través de éstos, constituyéndose en los escenarios privilegiados del acontecer diario nacional. Todos los hechos y personajes cobran dimensión de realidad nacional en la medida en que son referidos y repetidos incansablemente por ellos. Ergo, lo que no pasa por los medios, no existe para nadie. O, lo que es lo mismo: a nadie le importa.

Una imagen en el espejo

Colombia, al igual que la gran mayoría de los países latinoamericanos, vive la paradoja de ser un país inmensamente rico poblado por una población mayoritariamente pobre. Exclusión social, intolerancia política, impunidad y una incipiente noción de Estado y vida ciudadana se entrecruzan en un escenario donde la brecha entre ricos y pobres es cada vez más grande. Estos desequilibrios han ocasionado un conflictivo proceso de desarrollo social que hoy se manifiesta a través de la complejidad y diversidad de violencias que vive el país. No en balde, hoy por hoy Colombia es considerado uno de los países más violentos del mundo. Los índices de muertes violentas (30.000 en 1994*) se han venido incrementando en los últimos años de manera alarmante. No es de extrañar entonces que violencia, impunidad, muerte y destrucción sean tema obligado de los noticieros nacionales. Los reporteros saltan de un lado a otro del país registrando la entrega de los capos del narcotráfico, los últimos enfrentamientos entre guerrilla y ejército, el asalto a un banco o la utilización indebida de fondos públicos.

En consecuencia, el panorama nacional que nos muestran a diario los medios es realmente deprimente: corrupción, violencia e injusticia se repiten sucesivamente. Todos los días el fantasma del horror se ensaña en algún personaje o comunidad. Y así, el drama humano del pueblo colombiano transita una y otra vez en la prensa, la radio y la televisión. 35 millones de personas vibran al mismo tiempo con estas historias, se identifican con sus protagonistas, sufren el drama de unos personajes que por demás son reales, y que podrían incluso ser ellos mismos.

Pero el que ese discurso reiterado de los medios sobre la violencia y el caos llegue a aceptarse como algo normal genera, a su vez, una suerte de proceso de identificación negativo. La lucha cotidiana por la noticia y la "chiva" ha fomentado el sensacionalismo entre nuestros periodistas, que destacan sólo aquello que produce impacto en el público. La referencia diaria a los sucesos atroces y descomunales del acontecer nacional es como un espejo de cuento infantil, que siempre refleja para su dueña una carencia, la imagen por defecto de una belleza deseada pero siempre ausente.

Es por eso que interesa profundizar en el tema del rol de los medios masivos en el conocimiento que tiene la sociedad colombiana sobre su propia realidad, de sus principales problemas y la mejor forma de enfrentarlos y resolverlos. Los medios, convertidos en espejo cotidiano, son el punto de referencia fundamental para conocer más sobre la representación que nuestra sociedad tiene de sí misma.

Medios Masivos y proceso de Paz

Indudablemente las negociaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla son hoy por hoy uno de los temas prioritarios de la agenda nacional. El país se encuentra envuelto en una atmósfera de guerra no declarada. El fenómeno guerrillero, más allá de su origen político, es una manifestación del desequilibrio económico y social, así como de las inconsistencias del modelo de desarrollo implementado durante los últimos años. El conflicto armado ha contribuido, a su vez, a la generalización de la violencia, con todas sus secuelas de muerte, destrucción, desactivación de la economía agraria y el desplazamiento de grandes grupos de población que hoy día alimentan los cordones de miseria de Cali, Medellín, Bogotá y otras de las principales ciudades del país.

En la resolución del conflicto, que oscila entre la negociación y la opción por la vía armada, infortunadamente prevalecen las acciones de fuerza por parte de los bandos enfrentados. Las ONGs y representantes de otros sectores de la sociedad civil colombiana abogan por la solución política al problema, alternativa que no es bien vista por sectores radicalizados del conflicto, y que es recibida con escepticismo por la opinión pública. El gobierno de Ernesto Samper, posesionado el año pasado (1994), ha abierto nuevamente la posibilidad de la negociación. Sin embargo, los diálogos se inscriben actualmente en un escenario poco propicio, en tanto que se percibe un clima de opinión desfavorable para la paz: las sucesivas negociaciones y los pobres resultados arrojados generan un ambiente de escepticismo e incredulidad en la opinión pública que impide que el pueblo colombiano, como sociedad civil, se apropie de la causa de la paz y asuma una posición activa, como protagonista e interlocutora en el proceso de reconstrucción del tejido social.

Por eso, el equipo de Comunicación de Cinep ha decidido ocuparse de analizar el rol que están jugando los medios masivos de comunicación en el proceso de paz colombiano. Y, concretamente, en el proceso de negociación entre el gobierno colombiano y las guerrillas.

Creemos que las opiniones y actitudes de los colombianos en torno al proceso de paz están representadas, y a la vez condicionadas, por la forma particular en que el proceso es presentado ante dicha opinión pública. Asumimos, además, que los medios masivos tienen una responsabilidad social frente al país, y que en tal sentido juegan un papel determinante en la resolución del conflicto armado colombiano. Las experiencias de El Salvador y Nicaragua, principalmente, confirman esta hipótesis.

Nuestro interés es determinar cómo la paz, y su opuesto, la violencia, se han construido como temas de atención para la opinión pública colombiana. A partir de allí, fijaremos una serie más precisa de interrogantes: ¿estimulan ellos o no el uso de la violencia para resolver los conflictos sociales?, ¿qué temas privilegian, y cómo los ubican de manera preferencial en la agenda pública?, ¿son imparciales frente a la paz?, ¿cuáles son los actores sociales que se manifiestan a través de los medios, y qué intereses representan?

La respuesta a estas preguntas interpela el conocimiento sobre la forma como se construyen los imaginarios colectivos frente a un determinado tema, así como la forma como se generalizan las concepciones frente a él. Los medios seleccionan la información de acuerdo con una agenda preexistente. En su desarrollo dan vocería a ciertos actores sociales y temas en detrimento de otros, lo cual genera la marginalidad de unos y la dominancia de otros. Con ello pueden contribuir a consolidar la violencia y la exclusión política, convirtiéndose en obstáculo para la solución negociada a los conflictos, o propender por lo contrario.

Para algunos, los medios se constituyen en factor de polarización en la medida que estimulan el uso de la violencia para resolver los conflictos sociales. Al impedir que los "otros" se pronuncien, "eliminan un canal para buscar soluciones e impiden que los potenciales protagonistas de los actos de fuerza reciban a tiempo la retroalimentación que podría alterar sus decisiones, y en consecuencia las toman a ciegas". En el manejo del conflicto político en Colombia, ha sido común que gobierno y medios de comunicación asuman de plano la posición de descalificar al opositor, negándole el acceso a los medios y posicionándolo en el escenario publico como "subversivo", "bandolero" o miembro de una "cuadrilla de delincuentes". Durante el período presidencial anterior (1990-1994), por ejemplo, ante la situación de alteración del orden público el gobierno decretó el Estado de Sitio y dictaminó una serie de normas de manejo de la Conmoción Interior, prohibiendo expresamente a los periodistas entrevistar o publicar comunicados de la guerrilla, por considerar que esto podría llegar a convertirse en una apología de la subversión. Sumado a esto, en el cubrimiento que hacen de la confrontación armada el discurso de los medios tiende a criticar al actor (el "otro") que hace uso de la fuerza, mas no al uso de la fuerza como forma de resolución de los conflictos.

La guerrilla, por su parte, protesta por el tratamiento informativo que le dan los medios, entre otras cosas porque considera que no está en igualdad de oportunidades de acceso frente al otro bando, y porque adicionalmente se le adjudican acciones no cometidas por ellos.

Estos rápidos ejemplos muestran cómo los medios, en una situación de conflicto, tienden ordinariamente a convertirse en instrumentos de guerra de cada bando, respondiendo así a las leyes de propaganda, contra-propaganda y guerra psicológica.

Sin embargo, otros sostienen que la polarización no debe atribuirse a los medios, sino a ciertos actores sociales radicales que los convierten en instrumento de guerra. En esa medida, ellos pueden utilizarse fácilmente como instrumentos de guerra de cada bando, y defender o atacar según los intereses que haya en juego. Es el caso de la estrategia militar que busca impactar al contrincante generando en la opinión pública una imagen de fuerza a través del recrudecimiento de las acciones durante los días previos a la negociación. Esta actitud es sintomática en todos los procesos latinoamericanos: antes de sentarse a la mesa, aumenta la intensidad de la violencia y el número de acciones de los contrincantes.

Lo cierto es que en su abordaje sobre las negociaciones de paz, los medios dan relieve a ciertos aspectos o a ciertos hechos, en detrimento de otros. Por ejemplo, los hechos relacionados con el secuestro y el terrorismo son destacados como parte del accionar propio de la guerrilla, mientras que son pocas y muy recientes las alusiones a la responsabilidad de las fuerzas armadas en actos violatorios de los derechos humanos.

El mismo caso ocurrió hace algunos años, cuando el Estado colombiano promovió la creación de autodefensas campesinas como grupos armados que actuaban por cuenta propia y al margen de la ley, en respuesta a la presión guerrillera. Durante este período la prensa ignoró las relaciones entre paramilitares y narcotraficantes. Por el contrario, hoy día es común afirmar dicha alianza.

En otros casos, es posible establecer transformaciones sustanciales en el discurso de los medios, bien sea por variaciones del discurso oficial, por repercusiones directas de las acciones de la guerrilla o el narcotráfico entre los dueños de los medios o la clase dirigente colombiana, o similares.

Pero también hay indicios de que el manejo informativo puede generar fenómenos en los que las corrientes de opinión se revierten hacia actitudes más positivas frente a los espinosos temas relacionados con la paz. Es el caso de la reciente transformación del discurso sobre los Derechos Humanos: durante el último año, a raíz de las presiones de los principales socios comerciales de nuestro país y del trabajo de las ongs colombianas, se logró un cambio de actitud sustancial del nuevo gobierno frente al tema. Por primera vez en la historia reciente, el Estado colombiano, en cabeza de su presidente, aceptó la responsabilidad estatal y el compromiso de algunos militares en casos violatorios de los DDHH. El tema fue acogido abiertamente por los medios, generando el reconocimiento público sobre los abusos cometidos y la necesidad de modificar las condiciones que hacían posible la impunidad. Este debate fue muy positivo para el lanzamiento de la propuesta de paz del Gobierno, ya que dio pie a una discusión nacional sobre las condiciones de la confrontación armada, y sacó a la luz pública la posición y reivindicaciones de los sectores de izquierda (incluyendo la guerrilla) sobre la guerra sucia. Es decir, de alguna manera puso en igualdad de condiciones a las partes en conflicto, situación que generó en la opinión pública una actitud de credibilidad en la posibilidad de una negociación.

La batalla histórica del Tío Sam

Para entender el contexto en el que se ubica el clima de opinión frente al proceso de paz es necesario remontarse un poco atrás en la historia, hacia finales de la década de los 50, en el contexto del surgimiento de la llamada "nueva izquierda" colombiana, cuando las guerrillas liberales se tornan en guerrillas comunistas.

La Colombia de postrimerías de los 50 era una sociedad excluyente y radical, con una alta proporción de población de origen campesino y marcada por la enorme influencia de la Iglesia católica. Los colores y los odios políticos heredados enfrentaron a esta generación en una guerra fraticida, en la que ser conservador o liberal era una condición determinante para el futuro de la nación y del reino de los cielos. El enfrentamiento político, que derivó en la llamada época de "La Violencia" (1948-1957), sólo pudo ser controlado por la dictadura militar de Rojas Pinilla y el posterior acuerdo entre los jefes políticos de los dos partidos tradicionales, que se alternaron el poder a partir de entonces en una fórmula de democracia bipartidista conocida como el Frente Nacional.

Por aquellos años Colombia, al igual que otras naciones latinoamericanas, comenzó a vivir un acelerado proceso de modernización, marcado por transformaciones políticas, culturales y sociales. Entre ellas se destacan la rápida urbanización, la acelerada secularización y profesionalización de las clases medias y altas, el cambio del papel de la mujer en la sociedad y la irrupción de los medios masivos de comunicación.

La juventud colombiana de aquellos años se debatía entre un clima de modernización generalizada y grandes restricciones políticas y morales heredadas de una sociedad radical y excluyente. Inspirados en las perspectivas de la Revolución Cubana y del movimiento guerrillero latinoamericano, muchos jóvenes estudiantes se sumaron a las filas de los nacientes grupos de izquierda.

A lo largo de las décadas de los 60 y 70 se fortalecieron estos movimientos y, al mismo tiempo, surgieron varios grupos guerrilleros con claras vinculaciones a los movimientos de izquierda. La generalización de la opción política de izquierda en América Latina generó, a su vez, una respuesta estratégica por parte del gobierno de los Estados Unidos frente al subcontinente y al mundo en general.

Lo que interesa destacar aquí, en relación a nuestro trabajo, es el efecto de la materialización ideológica de la Guerra Fría en un mundo dividido entre comunistas y capitalistas, buenos y malos, derecha e izquierda. Nos detendremos a analizar cómo la izquierda, la guerrilla, las luchas de los grupos populares y muchas otras formas de manifestación de la oposición política en Colombia - e igualmente en todos los países involucrados en el eje económico de los Estados Unidos- tuvieron una carga ideológica negativa, que las convirtieron en temas tabú, inmorales, decadentes e intolerantes.

El análisis anterior tiene sentido en la medida en que de alguna manera la posibilidad de una negociación entre gobierno y guerrilla está marcada, en el plano de la discusión pública, por el estigma de la izquierda-guerrilla, entendida como una fuerza social que genera desorden, destrucción, subversión y muerte. La gente, y los medios, tiende a identificar guerrilla, izquierda y derechos humanos como discurso negativo, situación que no abona nada positivo al tratamiento de un conflicto nacional de enormes y costosas proporciones.

En este contexto es importante aclarar, sin embargo, que el asunto no es defender la vigencia de la izquierda, ni mucho menos la de la acción armada en Colombia. Lo importante es destacar el lugar y las características del discurso, así como los del imaginario colectivo nacional frente a la paz y las causas de la violencia en Colombia, en un intento por encontrar salidas para el conflicto y animar la participación activa de la sociedad civil colombiana en un asunto de tanta trascendencia para el país.

Los medios se mueven en la esfera de la información, pero también en la de la formación. Y su efecto formativo o educativo puede ser positivo o negativo. Tienen una responsabilidad social con el país en la medida en que poseen un enorme potencial para propiciar una cultura democrática y promover códigos de ética civil y tolerancia.

La guerra de la información
Elsa Barón de Calderón

Transiciones. De una escritura a la otra, de un universo de sentido a otro complementario.

Qué mejor oportunidad de enlazar las dos percepciones que este artículo a múltiples manos, en donde Luis Fernando Barón fue puente, confidente y aliciente en medio de la pareja.

Un análisis sobre fuentes de información, que nos llega de una época pasada pero nunca olvidada. Menos, superada. Narcotráfico, subversión e información: estrategias disímiles para formar o deformar la opinión pública...

La fiebre del modernismo, que tantos espacios se ha tomado en la vida pública nacional, no ha sido ajena a la revolución de la imagen. El gobierno ha buscado utilizar al máximo a los medios de comunicación por su papel en la transformación de la cultura política y en la difusión de ideas. Y éstos, tras los años de hermetismo de Barco, se ha deleitado con un Presidente interesado en "mojar prensa".

Durante el primer año su oficina de información cultivó con éxito la figura de un ejecutivo amable, eficiente y conciliador. Pero, en el segundo año, la prolongada agonía de los diálogos y la fuga de Escobar, más los problemas derivados por la crisis energética, llevaron irremediablemente al deterioro de la imagen presidencial.

Los asesores del gobierno se lanzaron entonces a una nueva estrategia de comunicación, esta vez basada en la estampa de un mandatario que con decisión y fortaleza podrá devolverle la paz al país. En este contexto se enmarcan las restricciones al periodismo adoptadas después de la declaratoria del Estado de Conmoción Interior: ellas apuntan a reforzar la idea de que desde Palacio se maneja la situación del orden público con mano férrea.

El decreto 1812, aprobado por la Corte Constitucional, prohíbe a la radio y a la televisión -no a los medios escritos- difundir "comunicados de grupos guerrilleros y demás organizaciones delincuenciales vinculadas al narcotráfico o al terrorismo". Solamente se puede informar al respecto. Además se prohibió "la transmisión en directo de hechos de terrorismo, subversión o narcotráfico", y la difusión de entrevistas a miembros de estas agrupaciones.

Los periódicos del país, reunidos en Andiarios, expresaron en su momento un apoyo incondicional al gobierno y prometieron hacer uso del "autocontrol" 1, aludiendo a la responsabilidad social que tienen en la búsqueda de la democracia, y exhortaron a los colegas de otros medios a respetar y acatar las medidas, permitiéndose incluso algunos golpes de pecho por errores cometidos en el pasado en su afán por conseguir la chiva o aumentar el protagonismo periodístico2. La directora de El Colombiano se negó a firmar dicho comunicado por considerar que, además de vulnerar el derecho a la información y a la libertad de prensa, cerraba espacio a las salidas civilistas.

Para evitar la confusión

Al principio la "guerra integral" se interpretó por la mayoría de medios como una campaña contra la guerrilla. Mientras el decreto 1812 mencionaba tres clases de actores -guerrilleros, terroristas y narcotraficantes-, el comunicado de Andiarios sólo veía dos: "el terrorismo (abstracto) y la delincuencia guerrillera", y a ambos los calificaba como subversivos. Sin hacer una reflexión seria sobre las prohibiciones establecidas para los medios, se enfatizaba el apoyo a las acciones orientadas a terminar con los alzados en armas.

Como consecuencia de lo anterior se agudizó el tratamiento diferenciado a las informaciones provenientes de acciones del narcotráfico y de la guerrilla, hecho que no cambió con la posterior ola de narcoterrorismo. Así mientras las acciones de los Pepes y los comunicados de Pablo Escobar se tratan con independencia y han ocupado espacios de primera línea en los diarios, las informaciones provenientes de los procesos de lucha contra los grupos guerrilleros se han ceñido a la censura estatal. En el fondo lo que los medios y el Ejecutivo privilegian no es evitar la apología de la violencia, sino cerrar espacios que consideran estratégicos para los subversivos.

¿Dónde está el Ombudsman?

El 4 de diciembre el país despertó con la noticia de la captura de Francisco Galán. "Cayó Cabecilla del ELN", titularon los diarios. En concordancia con la información emitida por la II División del Ejército, los medios divulgaron que en el momento de la detención Galán estaba drogado y sus respuestas eran incoherentes.

No fue ésta la única noticia relacionada con el acontecimiento. En la misma nota, un diario anotaba a renglón seguido que Galán estudió varios años en el seminario, "no consumía licor y sus hábitos personales eran muy estrictos" 3. Un mes después, el 28 de enero, cuando una comisión de congresistas se entrevistó por primera vez con Galán desde su captura, se publicaron apartes de la entrevista (4) según las cuales el prisionero afirmaba no haber sido detenido en el sitio donde dijeron las autoridades sino mientras hacía una llamada en la oficina de Telecom de Bucaramanga. Posteriormente habría sido conducido a un cuartel donde fue drogado y violado y llevado a la casa en que según las informaciones de prensa se produjo la captura.

Evidentemente las autoridades militares y la Fiscalía se apresuraron a desmentir la versión. Pero lo interesante de este caso no es la controversia en sí: es el hecho de que los medios no se preocuparon por cotejar la segunda información, respaldando indirectamente el comunicado gubernamental.

No ocurre así con otros casos. Dos días después de la explosión de una bomba frente al teatro Olympia de Bogotá, el periódico El Tiempo tituló en primera página: "Capturan a la mujer terrorista". La información acusaba a Adelina Meza Santamaría de andar en compañía de un sicario del Cartel de Medellín, siendo "localizada en un hospital de la ciudad (Bogotá) que la atendió sin saber que era una víctima del atentado que ella misma ayudó a perpetrar".

El 28 de febrero, en la página 15 A del mismo diario, bajo el titular "...y todos eran inocentes" se comentaban los casos de aquellos que habían sido puestos en la picota pública y señalados como delincuentes injustamente. Entre ellos estaba Adelina Meza, víctima de un "error judicial" de acuerdo al periódico. Y aunque no transcribió su testimonio, sí lo hizo con el de sus familiares.

En otras palabras, en esta oportunidad los medios no se contentaron con la información oficial y sí se preocuparon por acceder a fuentes directas.

Ejemplos como los anteriores pueden multiplicarse: mientras en los casos relacionados con la lucha guerrillera no existe ningún interés por apartarse de la versión oficial, en relación con los de narcotráfico se apela con buena dosis de sensacionalismo a la fuente directa, creando un verdadero alud de disímiles versiones.

El resultado de esta estrategia, orquestada por los medios y las oficinas de prensa oficiales, es pobre para la formación de una opinión pública democrática: no solo se sacrifica el derecho a la información, sino que en aras de restituir el carisma del Presidente se termina por reproducir una imagen distorsionada del adversario, con lo que se ha logrado desacreditar las salidas civilistas y concertadas ante un amplio sector de la población, legitimando el uso de la fuerza.

No se trata de plantear como panacea el recurso al sensacionalismo. De lo que se está hablando es de una información proveniente de investigaciones serias, responsable con los destinos del país, cuidadosa del manejo indiscriminado del amarillismo y no enajenada a los intereses coyunturales de dirigentes y empresarios.

 

Esta página se actualizó por última vez el 05/15/01.